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La champeta la verdad del cuerpo
Enrique Luis Muñoz Velez
A quienes riegan la siembra de la champeta Wualdistrudis y El Chaguala.

El resaber popular pregona a los cuatro vientos a modo de sentencia: "Lo que se hereda no se hurta". Y es precisamente, el significado del ritmo asumido por el cuerpo para expresar el juego danzario trasmitido en la música. El ritmo viene a ser la columna vertebral donde el lenguaje musical adquiere su forma de manifestarse.

En las calles de las barriadas populares de Cartagena se ve a los niños bailar la música champeta, cada uno de ellos, es un universo danzario singular, aprendido a golpe de vista y al margen de la academia, ellos son en sí mismo, la música que los habita desde su temprana edad, para reafirmar que lo heredado es un problema de su etnia, que afinan cotidianamente como construcción constante, sujeta a la dinámica del desarrollo social y cultural donde les tocó nacer, crecer y vivir en función del sonido.

La champeta es la memoria del sonido en el cuerpo del bailante, intuye como nadie la rítmica que lo habita, sabedor de poseer el goce del flujo sonoro, su manejo lo traduce en pases y cadencias nacidas en la inventiva del instante, en el disfrute intenso de bailarse la vida y todas sus maneras de existencias, - parodiando la frase salsera: "Aquí hay un hombre gozando" -, que bien podría leerse, - estar en el vacíle -, en los mismos predios del espeluque, donde la alegría contagiosa convida a todos los participantes (bailadores y espectadores) a garabatear con los pies lo que el cuerpo grita con el contoneo y los gestos en la pintura del tiempo, que se refugia y se expresa a través del ritmo.

Y eso lo saben hasta la saciedad las personas que lo bailan, convencidos a plenitud del disfrute y el goce cercano de los cuerpos, en el cara a cara de los gestos y fundamentalmente, en los movimientos convulsionados que acentúa la pelvis en la sugerencia silenciosa de la sensualidad que puede leerse también como la provocación instintiva del apetito sexual que se sacia con la vista para el observador; para la pareja, existe simplemente el baile y el posibilitador del mismo, el cuerpo envuelto en la cadenciosa y pegajosa música que los amarra, para perpetuar festivamente el movimiento de hombros y caderas.

Bailar es un disfrute no privativo del negro, no es un don exclusivo de su etnia, es en grandes rasgos una expresión universal del individuo, pero, en el negro pareciera que éste viviera solo para la música y sus manifestaciones danzarias, porque asumen vivamente el ritmo impregnado de alta sensualidad y gracia corporal. En la champeta el negro da la sensación de bailarse la vida con toda su existencia; porque bailar para él es parte fundamental de su vida, ya que al danzar pretende con el cuerpo ahogar sus penas y comunicarse con sus valores culturales y religiosos.

En el Caribe y centralmente, en los asentamientos negros el baile es un componente del rito, donde el cuerpo intensifica conversaciones silenciosas, que van garabateando con los pies, afincando el ritmo. Bailarse la vida en el Caribe es un magisterio; toda una celebración festiva, lo que en las voces de los mayores significa - el negro tiene el ritmo a flor de piel -. La cultura negra de alguna manera ha impuesto el baile a la blanca. La África milenaria tributó en la cultura europea lo mejor de su acervo creacional, entre ellas las formas danzarias de fuertes movimientos rítmicos.

Así como el mito es la verdad del otro, la champeta es la verdad del cuerpo. La champeta es un híbrido musical que tiene elementos claros de los ritmos africanos, antillanos y algunos signos del folclor afrocolombiano, quizás los más perceptibles al oído y a la vista sean el bullerengue, mapalé, zambapalo y chalupa.

La champeta como expresión musical bailable del Caribe colombiano presenta variados aderezos socioculturales y múltiples elementos interétnicos en lo que predomina lo negro con fuerza y plasticidad desbordante. En ella fluye la oleada rítmica de la Cartagena negra, la que ofende bulliciosamente a los sectores sociales que nunca se reconocieron en el mestizaje, viven soñando con los parentescos de ser ellos depositarios de ser limpios de sangre a usanza de una filosofía que proclamaba el privilegio de la raza blanca dentro de las políticas coloniales. Desconociendo los blanqueadores que " la palabra raza es de mala cuna y mala procedencia", como a bien lo afirma Fernando Ortiz en el libro: " El Engaño De Las Razas".

El individuo nunca baila la música que escucha, él baila el ritmo que permite que esa música se exprese a través de los instrumentos, donde el componente negro y el mulato parecieran encontrar la pulsión percutiva que le ronca desde la más profunda identidad como el toque que lo define, el negro hecho ritmo.

En la champeta prevalece la base rítmica sobre las líneas melódicas y armónicas. En el batido musical de la champeta el individuo bailante vive el goce rítmico intensamente, colorea desde su posición individual una coreografía espontánea creada en el instante al traducirse él en instrumento, que él cree representar para estar como sonido y como historia que desea contar, siempre existe un relato que narra el suceso del barrio, la contundencia de la vida en los sectores populares de la marginalidad social, su dolor al igual que la alegría y la esperanza que muchas veces es arrojada a la caneca de la basura, o el simple deseo que se desvanece en la esquina para volverla a reinventar como historia por medio de la música.

La champeta en su primera manifestación es denuncia social ante las diferentes formas de agresión; la voz de la marginalidad asumiendo el discurso contestatario de amplias comunidades barriales que encuentran en la expresión musical bailable una manera de hacerse visible a la otra Cartagena que lo ha excluido históricamente, de que ellos existen, están allí y son más que una simple suma de individuos de la crónica roja, son ante todo un grupo humano identificados por una estructura rítmica que le permite mostrarse como persona.

La vida es drama y en ese tiempo vivible se construye la historia de los pueblos, y en el hacerse continuo la persona muestra su singularidad de ser él al lograr establecer relación con los otros, es decir, la compleja y dinámica trama social de su existencia y desarrollo colectivo. Los cultores de la champeta saben como nadie cuál es el papel y el oficio que les toca ejercer en el seno de una sociedad discriminatoria y excluyente. Por eso, sus letras traen la carga ruda y dolorosa de una comunidad que exige mejores espacios de convivencia digna.

El fenómeno de la champeta en la costa Caribe y de manera central en Cartagena es lucha, esfuerzo, trabajo a ser reconocidos como iguales en una sociedad cada día más igualitaria, pero, terriblemente más desigual, anidada desde las entrañas de la globalización y las políticas neoliberales que despersonifican al ser humano para convertirlos en simples cifras de mercado. En el drama de la vida los artistas de la champeta pugnan por no dejarse borrar como seres reales; su oficio artístico es un poderoso argumento vital de no dejarse ir por la ancha hendija de la tragedia.

Cada instante es pericia para seguir viviendo, la música de la champeta es el compás de espera para evitar la tragedia. La música cruza la sociedad y las etapas de la historia de los pueblos. La champeta está presente en esa historia barrial desde la esfera de lo popular.

En el teatro de la vida los Viviano, Melchor, Luis Tower, El Afinaito, Elio Boom, Alvaro " El Bárbaro", Oscar William, Cándido Pérez, Charles King, Rafael Chavez, El Pocho, Hernán Hernández, Mister Black, El Sayayín, Monsieur Bugalú y Dogardisc; los arreglistas William Simancas, Luis García y Alvaro Cuellar, entre otros, son visibles gracias a su arte. " El teatro es la metáfora visible de lo que es la existencia humana", para decirlo en las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset. El arte es la huida natural para alejarse del hueco de la tragedia social, la champeta es el refugio sonoro de su lucha por ser reconocidos en una Cartagena que no hace parte de la postal turística. La champeta es el puente que les permite cruzar la línea fronteriza de la miseria y crear sus propios recursos económicos.

La fuerza de la champeta hay que buscarla en sus propios actores, en la dureza de la vida marginal, en su exclusión social. En la música champeta se hace perceptible los imaginarios colectivos que muestran los colores del barrio, el lenguaje burlón, la ropa chillona de colores fuertes y cortes no convencionales en sus diseños. La champeta es cultura popular urbana, contestataria y ese es su discurso distintivo de aquella champeta baladiada impuesta desde la radio comercial y que a la postre desdibuja su característica fundamental: ser crónica del barrio.

Es innegable su arraigo popular y de aquellos solares proviene con todas sus asperezas y virtudes a semejanzas de otras culturas urbanas populares del Caribe y las barriadas negras de Nueva York. Tanto su música y baile proponen un discurso contestatario: break dance, Hip hop, reggae, calipso, socca, zouk, compas haitiano, ragga y rap (como aliento y voz del mundo marginal), son los mayores componentes que entran a maridarse con la mbaganga, soukous, soul, el juju nigeriano, para configurar una nueva cultura musical urbana que trasciende el lenguaje nacional y abrirse con una identidad plural en el contexto caribeño.

La champeta es parte de una concepción de la vida, es una forma musical en la que prevalece las mezclas, confluyen diversas estructuras musicales del África que canta en la piel del trópico en el Caribe colombiano, donde cada existencia humana está hilada por la sonoridad interior que gobierna el juego corporal, propiciando plasticidad, expresividad y belleza como parto creacional. La calle y sustancialmente la esquina da la contundencia terrenal que necesita el bailante, de ser el mismo, - porque en las esquinas el individuo grita su destino altanero, en ese territorio el artista de la champeta siembra para siempre su futuro labrado desde su presente histórico, es en la calle donde el hacedor popular se alimenta de las rítmicas que lleva por dentro a modo de registro en constante tránsito.

La música es la forma más personal de arte que poseemos. Eso lo saben hasta la saciedad los creadores de la champeta, los degustadores del ritmo, a punta de pie dibujan las líneas y trazos de los movimientos acompasados, a fin de cuentas, son los pies los sensores musicales del mundo. Así lo registra el cuerpo a partir de pantomimas, en un magisterio pleno de bailarse la eternidad en el instante.

El ritmo es connatural a todo lo que existe como forma material, la persona tiene su propio ritmo y es una característica física universal; sin embargo, en el África negra el ritmo da la sensación de estar escriturado en el cuerpo de su gente, por la facilidad de atrapar el tiempo en su distribución del sonido en el compás en la marcación del individuo que este hace con los pies al bailar.

Es indudable que el baile es un lugar para el encuentro, un espacio lleno de significados sociales y culturales, donde las personas pueden percibirse, es proximidad del uno con el otro, o de los unos con los otros en el cual se construye una sociabilidad bajo determinados códigos que se exterioriza en la champeta como viva expresión de lo barrial .

Bailar implica sumergirse en un mundo de imaginarios singulares, que vistos en conjunto nos develan las secretas claves de los códigos del cuerpo, significados en un espacio concreto, abierto y expuesto a los demás, es una manera de mostrarse y de sentirse orgullosos de que los vean a través del baile. El maestro Antonio Benítez Rojo señalaba en una conferencia programada por el IV Seminario del Instituto Internacional de Estudios del Caribe, - que ser visto y mirarse en el espejo, es uno de los distintivos particulares del ser caribeño -. En el baile de la champeta juega un importante papel de seducción los gestos y los movimientos del cuerpo, la sensualidad que a modo de puente los acerca dentro de un conjunto de signos visibles que propician la interacción entre las parejas.

Si se mira el baile como una experiencia personal se puede comprender la dimensión de la señora Celania Morales, natural de Bocachica nacida en 1918, ella expresó en una entrevista lo siguiente:

" Cuando oigo el golpe del tambor, el profundo repiqueteo sobre el cuero, siento que me hierve la sangre, me brinca todo el cuerpo, mi existencia se me zarandea, porque el tambor está dentro de mí. Siento una voz que me habla... baila negra, baila Celania. Creo que es la voz de mi difunto primo Presentao García, el tamborero mayor del Cabildo de negros de la Isla de Bocachica, baila Celania que yo tocaré para ti" .

Testimonios como el de Celania Morales son comunes en las poblaciones negras de América y específicamente en lo afrocolombiano, no se trata de justificar una visión esencialista, repetida circularmente sin transformarse dentro de su propia dinámica de desarrollo, no, lo que se trata es mostrar como en la cultura de la etnia negra el baile está presente en todos sus aspectos sociales y tiene un profundo significado colectivo para sus valores vitales y costumbres.

La resonancia ancestral de Celania Morales que la pone a bailar la sintetiza magistralmente el poeta Jorge Artel en el poema: " Tambores en la noche".

Los tambores en la noche,
parece que siguieran nuestros pasos...
Tambores que suenan como fatigados
En los sombríos rincones portuarios los tambores en la noche
son como un grito humano .

La referencia al tambor se puede apreciar en " Danza mulata", como una manera de reafirmación de ser el tambor el instrumento de mayor significado para el negro.

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